El líder ruso, Vladímir Putin, ha logrado finalmente atraer la atención del presidente de Estados Unidos, Donald Trump, aunque para ello haya tenido que recurrir al altavoz nuclear, el único as en la manga con el que el Kremlin puede aún influir en la Casa Blanca.
El objetivo es que Washington entienda que la guerra en Ucrania es el menor de sus problemas y que en juego está algo mucho más importante, la estabilidad estratégica y el desarme nuclear en el mundo.
El precio a pagar -el jefe de la Casa Blanca anunció la reanudación de las pruebas con armas nucleares- es menor si tenemos en cuenta que Moscú considera que aventaja a su adversario en arsenal de nueva generación, principalmente hipersónico.
Más aún cuando el Kremlin tuvo que aclarar a Trump que nunca ha realizado un ensayo nuclear, ya que el último fue realizado por la Unión Soviética en 1990.
«No quisiéramos que (la estabilidad estratégica) continuara degradándose más y más», aseguró hoy Serguéi Shoigú, secretario del Consejo de Seguridad de Rusia, al expresar su categórica oposición a las futuras pruebas nucleares estadounidenses.
La semana nuclear de Putin
Aunque a la postre Trump descartó el suministro de misiles Tomahawk a Kiev, el Kremlin recibió el mensaje. A eso se sumó la cancelación de la cumbre de Budapest, un revés muy duro para la diplomacia rusa.
Como respuesta, Putin dirigió dos años después las maniobras de las fuerzas nucleares rusas por tierra, mar y aire, lo que incluyó un lanzamiento de prueba de un misil intercontinental Yars (12,000 kilómetros de alcance).

